Anoche ligué. Conocí a una chica en un bar y empezamos a hablar. Era la primera vez que la veía, y mira que soy mucho de frecuentar ese bar, pero nunca antes habíamos coincidido allí.

Hablamos y hablamos toda la noche. Conectamos, como se suele decir y ninguno de los dos quería despedirse.

La chica me invitó a su casa y fuimos.

– Ven a mi habitación. -dijo.- Túmbate en la cama.

Obedecí. Mientras caía para tumbarme en la cama la agarré de la mano y tiré de ella lentamente para que se cayera encima mía.

Nos besamos, nos desnudamos, lo estábamos haciendo…

Ven a mi habitación, túmbate en la cama. No dejaba de repetir sus palabras en mi cabeza cuando ¡espera! ¿y su consentimiento? No me había dado ese SI, ese consentimiento expreso del que hablaba el feminismo y ahora nuestros políticos. Sin ese consentimiento no puedo hacerlo, sería una violación según ellos.

– ¿Segura de que quieres hacerlo? -le pregunté.
– Sabes de sobra mi respuesta. -me dijo mientras me besaba en el cuello.

No, eso no me valía. No había dicho que si y necesitaba un si rotundo para asegurarme. “Si una mujer no dice sí expresamente, todo lo demás es no”, palabras de Carmen Calvo, la vicepresidenta del Gobierno.

– ¿Pero de verdad? No me has dicho ni si ni no.
– ¡Cállate! – y se levantó de encima mía tumbándose a mi lado.

Tras un breve silencio le dije -Ya sabes lo de la nueva ley, sin tu consentimiento expreso no puedo hacer nada, se considera violación y…
– Lo se. ¡Menuda gilipollez esa ley!
– Pues si.

Y allí acabamos los dos, tumbados juntos en la cama y mirando hacia el techo. Se nos había cortado el rollo y se nos había matado la pasión. Todo por ese maldito consentimiento expreso. Porque si, ahora en nuestro país casi hay que firmar un papel hasta para follar. Quizás no sepan que al final el amor y el sexo es dejarse llevar.

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